La Alquimia, el virtuoso arte de ennoblecer (1ª Parte)
Por Eloy Millet Monzó
1.- CONSIDERACIONES DE PREÁMBULO.- La mutación es un cambio superficial en el que lo que muta adopta otro aspecto sin dejar su identidad. El cambio se asemeja al trueque, una cosa por otra de semejantes características. La transmutación es convertir algo en otra cosa, con la condición de que han de variar las características de la cosa resultante, de manera que el final puede dar lugar a algo más o menos preciado que la cosa original. Así es la alquimia, un proceso de transmutación. El objetivo final de la alquimia clásica es convertir en oro al plomo y conseguir el elixir de la inmortalidad. Pretende la transmutación desde un metal a otro más valorado y con características diferenciadas. Con el deseo de eliminar el trance de la muerte subyace el temor y la incomprensión del proceso evolutivo, con lo que la alquimia reproduce este proceso en el intento de controlarlo.
En un sentido filosófico, el cambio es un problema del devenir, porque existirá incertidumbre en lo que respecta al futuro, mientras que en la transmutación no existe tal incertidumbre porque se conoce y se persigue un final muy concreto. Esta es una característica de la alquimia, conoce perfectamente su meta y a ella queda limitada. La máxima aspiración de la alquimia consiste en purificar la materia o plomo, es decir, que transmute a oro o espíritu porque constituye lo más preciado, pero visto desde la propia materia, ya que desde el espíritu, la materia sería lo más valorado. El camino a recorrer entre el plomo y el oro requiere un movimiento y todo movimiento es acción, así como toda acción provoca una reacción.
Si analizamos la palabra “re-acción” significa repetir la acción pero en otros ámbitos distintos del que se originó, hasta que la energía inicial se consume totalmente en una cadena de reacciones. Así, una idea hace reaccionar la capacidad de razonar y provoca un pensamiento, que a su vez hará reaccionar al cuerpo emocional provocando un sentimiento que acabará en un movimiento o actitud en el plano físico. De la misma manera que el radio transmuta a helio y radón y este, después de transmutar en elementos intermedios, a plomo, invirtiéndose en el proceso el poder radiactivo del radio.
Los alquimistas no se cansaban de argumentar su “solve et coagula”, disuelve y vuelve a unir, expresión que pretende significar que la acción de una operación constituirá la reacción de la próxima, lo que implica que se tendrá que desprender de la reacción anterior, es decir, que la energía o causa de un movimiento habrá de convertirse en fuerza o efecto del movimiento siguiente, para que el grado de pureza conseguido en una acción sea la base material para el próximo movimiento.
Es una espiral ascendente –desde la materia hacia el espíritu- en la que la materia utilizada en una acción es el resultado de la acción anterior, hasta conseguir la más noble, el “oro”, la espiritualización de la materia que constituye el objetivo de la gran obra. La acción y la reacción nos han legado dos aspectos en la alquimia, uno esotérico que ha dado lugar al corpus místicum y el otro exotérico o experimental, de cuyos resultados derivan industrias actuales como la farmacopea, la química o la metalurgia. Ambos aspectos han permanecido unidos en un tiempo, y en otro se han diferenciado para volverse a unir. Coinciden los analistas en señalar que en el sexto milenio adC toda acción se correspondía con su homóloga reacción, es decir, que toda causa tenía su efecto y no se concebía efecto sin causa. Por lo que los dos aspectos de la alquimia permanecían unidos.
A pesar de esta unión, existía un elemento diferenciador, ya que la acción o mundo de las causas era exclusivo de la casta sacerdotal egipcia, mientras que el trabajo era efectuado por castas inferiores. En cuanto no era atendida esta exclusividad y se producía la mezcla entre castas, iba desapareciendo el elemento que las diferenciaba, diluyéndose. Comoquiera que este proceso de disgregación se ha repetido en la historia, constituye la primera parte de la alquimia, la “solve”, que origina otro movimiento en sentido opuesto para volver a unir, pero de otra manera y con peculiaridades diferentes, completándose el ciclo con el “coagula”.
El actual Caduceo de Mercurio viene a simbolizar los dos aspectos de la alquimia y el proceso de desunir para volver a unir, pues los cuerpos de las serpientes forman lazos de mayor diámetro cada vez. El Caduceo anterior y que pertenece al imperio egipcio, tenía una única serpiente con tres cabezas, símbolo de la unión original entre ambos aspectos de la alquimia, unión que empezó a disgregarse con la llegada del mundo helénico a Egipto.
Artículo continúa en Revista Biosofía






2 comentarios:
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